Durante los últimos meses he estado enfrascado en la lectura de una obra tan fascinante: “La rebelión de Atlas” de Ayn Rand, que me la regaló un querido amigo en ingles.
El argumento de la novela presenta unos EE.UU, donde los más valiosos elementos de la sociedad se ven continuamente sometidos, en contra de lo que consideran justo y racional, al interés colectivo, a las necesidades del resto de la humanidad. Así, el gobierno legitima políticas económicas que perjudican a los principales generadores de riqueza para poder repartir los beneficios no en función de la productividad de cada uno y la valía real de su producto, sino en base a la necesidad del rezagado, del empresario mediocre, del obrero que, sin esfuerzo, busca que sean otros quienes pongan un plato de comida en su mesa. En este contexto, Dagny Taggart, heredera y directora en funciones de la compañía ferroviaria Transportes Taggart, comenzará a percatarse de cómo los hombres y mujeres más valiosos del país van desapareciendo progresivamente, dejando a la nación sin su principal sustento. Como todo indicio de que algo no marcha bien, en los labios de los hombres y mujeres estadounidenses se formula desde hace años una única pregunta, una muletilla que viene a decir que nadie puede estar jamás seguro de nada: “¿quién es John Galt?”
Pero Quién es John Galt?
John Galt es la clave de todo, el iniciador de todo y finalmente en boca de quien Ayn Rand pone todo su ideario en un largo, farragoso, y a veces contradictorio discurso.
En definitiva, que solo el trabajo obsesivo, el comercio sin trabas y la inventiva desatada hacen libre al hombre. La filosofía de Ayn Rand puede ser discutible desde el momento en el que cae en curiosas contradicciones, por ejemplo; por un lado niega cualquier obligación hacia los demás que no tenga que ver con las transacciones comerciales puras y duras, pero a la vez exige que esa transacción se haga desde la honestidad más absoluta. Parece lógico, y hasta natural si se habla de la buena fe y la confianza mutua en los negocios, pero esa imposición hace dudar. No es que yo, particularmente, tenga intención de incitar, ni estafar a nadie, o lo considere ético, pero pequeñas cosas como estas resultan curiosas, que por un lado parece postular que cada hombre es una isla pero al poco se desdice imponiéndole reglas de comportamiento, con lo que admite que más que isla es archipiélago.


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